Cuando mi corazón se enfría

Desde hace unos meses había comenzado a descuidar mi relación con Dios, mi corazón se entibió; los días pasaban y ni uno era dedicado a Dios con mi corazón, ¿iba a la iglesia? Claro que iba y en verdad disfrutaba los sermones, créelo, sin embargo mis acciones seguían siendo las mismas, volvía a lo mismo una y otra vez.

Romanos 7:19 se hizo una realidad en mi vida diaria “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” Obviamente no lo disfrutaba, sabía que estaba mal, sabía que estaba siendo una ingrata con Dios y por consiguiente, con los demás. Unas cuantas veces trataba de arreglar las cosas y leía mi biblia unos minutos, comenzaba a orar y en un momento me daba cuenta que estaba perdida en mis pensamientos.

Comencé a frustrarme, a sentirme realmente culpable y sin paz. Cuando pensaba que podría mejorar, las cosas empeoraron dentro de mi, pues esta era un lucha conmigo misma y mi corazón. Leí un artículo sobre el orgullo, después de leerlo quedé sorprendida conmigo misma, había descubierto algo “nuevo” …era orgullosa. Dios me reveló lo que nunca había visto, mi gran orgullo, en una manera sabía que tenía orgullo pero no me había dado cuenta de que tan grande era y como afectaba mi vida.

Después, el siguiente domingo en la predicación, el sermón trataba de la religión de los fariseos y maestros de la ley, el pastor describía como se jactaban por sus conocimientos, enseñaban a la gente que no sabía y se sentían con mayor espiritualidad que ellos, criticaban y juzgaban a los demás por no cumplir con los rituales establecidos y ellos ciertamente cumplían con ellos, con las cosas exteriores más en su interior, su corazón era orgulloso, arrogante, hipócrita y estaba lejos de Dios. Inmediatamente me identifiqué con ellos… sentía que ese sermón estaba dirigido directamente hacia mi; ese domingo una vez más Dios descubrió mi pecado, entonces comencé a frustrarme aún más porque después de cruzar la puerta de la iglesia, mi vida seguía siendo la misma! Tenía todas las respuestas, Sabía lo que tenía que hacer más no lo hacía. Miraba dentro de mi, en verdad me examinaba y cada vez más me daba cuenta de lo mal que estaba y teniendo en claro todas mis fallas, seguía siendo igual. Nada cambiaba, solo me recordaba a cada momento lo pecadora que era y como continuaba haciendo lo mismo, comencé a sentir repulsión por mi misma, me desesperé y le rogaba a Dios que me quebrantara y le pedía perdón pero aun así me sentía lejos…me sentía realmente ingrata con Dios y eso se reflejaba en mis demás relaciones.

Tal vez la gente podía verme y encontrar mi exterior bien pero en realidad en mis raíces, en lo profundo de mi corazón  había un desastre. Muchos de nosotros podemos aparentar ser siervos de Dios, ser espirituales y podemos hacer creer a las personas que en verdad lo somos cuando en realidad dentro de nuestros corazones somos unos monstruos, así me sentía yo.

Después de un buen tiempo de estar desesperada, frustrada, enojada y sentir tanta culpabilidad estallé. Era sábado cuando me encontraba en mi cama otra vez sumergida en mis pensamientos, recordándome la horrible persona que era, entonces decidí bajar a acompañar a mi hermana a comer, ella estaba hablando sobre cosas triviales y por como me sentía, me harté y le dije que mejor me regresaría a mi cuarto, entonces me dijo qué era lo que tenía y no me pude contener,comencé a llorar y a soltarlo todo, estaba harta y cansada de todos esos pensamientos, de mi pecado, de tanta culpabilidad incluso de mi misma pero mi hermana me recordó lo que se me había olvidado: seguir a Cristo es una lucha, una lucha constante contra mi pecado, mis placeres y deseos pero también es un proceso de conformarme a la imagen de Cristo y no será fácil ni rápido.

Al aceptar a Cristo hemos aceptado comenzar una batalla contra nuestra carne, el pecado y hemos comenzado un proceso de santificación, ni el uno ni el otro serán fáciles. Yo sé que todos al igual que yo han experimentado la desesperación de no avanzar, de darse cuenta que siguen cometiendo los mismos errores, cayendo en el mismo hoyo siempre y ver como su relación con Dios se va deteriorando pues eso es lo que hace el pecado: alejarnos de Dios y su palabra, y es por eso que muchos de nosotros aveces estamos apunto de rendirnos pero tenemos que recordar algo, Dios no se ha rendido contigo, Él no ha terminado contigo! Aunque sientas que eres un caso perdido y sin remedio, no te detengas de buscar a Aquél que puede transformar cualquier corazón.

Ahora, ciertamente Dios transforma el corazón y de Él es la obra pero también se requiere de tu disposición y voluntad para avanzar, pues a ti y a mi nos corresponde dar el primer paso que es el arrepentimiento, habiendo visto nuestro corazón, nos volvemos a Dios en arrepentimiento y ¿sabes? Él no quiere ofrendas ni sacrificios que nos hagan ver bien frente a los demás sino un espíritu quebrantado (Salmos 51:17) “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Ahora, el verdadero cambio toma lugar cuando nos enfocamos en conocer a Aquél quien es Él único que puede restaurarlo todo, la solución se centra en conocerlo a Él. Ora a Dios para que puedas conocerlo, si lo haces, lo conocerás, porque Dios se deleita en revelarse a nosotros. A medida que vamos conociendo a un amigo, nuestra confianza y amor aumenta, de manera similar conocer a Dios nos lleva a actuar en amor, confianza, obediencia y nos impulsa a seguir sus pasos y al estar siendo tan amados, querremos corresponder a su amor, entonces buscaremos agradarle.

Y ahora me podrás decir que has comenzado a leer tu biblia, a orar y buscarle todos los días y no ves resultados y yo sé muy bien la desesperación de no ver resultados, pero debes recordar y creer realmente que Dios está trabajando aunque tú no lo puedas ver aún, no te enfoques en el resultado, enfócate en el proceso y verás.

 Y ¿Sabes? Un error que muchos cometemos al intentar cambiar, es darle mayor atención a nuestros errores, como yo hice, en vez de Dios; más importante que conocer tus fallas, es conocer a Dios, Él debe ser tu principal enfoque. Deberíamos estar pasando más tiempo conociendo a Dios que inspeccionando nuestro propio corazón; porque si creces en el conocimiento de Dios, serás transformado hasta las profundidades de tu corazón.

No importa cuál haya sido tu pecado o por cuanto tiempo lo hayas hecho, si te acercas a Dios con un espíritu quebrantado y un corazón arrepentido Él es fiel y misericordioso para perdonarlo todo, no importa que tan grande haya sido el desastre que hayamos hecho, Él está dispuesto a limpiar cada rincón de nuestro corazón y volver a empezar.

“Pero te confesé mi pecado,y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor»,y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.” Salmos 32:5

-Mel-

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