Hace unos días vi una película con mis hermanos, en realidad era una caricatura que había visto mil veces cuando estaba pequeña y hasta podía repetir los diálogos. Lo curioso es que verla esta vez, sucedió algo extraño, muy diferente y una de las cosas más bonitas que me han pasado en los últimos días.
La película es El príncipe de Egipto de Dreamworks y básicamente en hora y media cuenta la historia que encontramos en Éxodo, la historia de Moisés y de cómo Dios le llamó y le llevó a liberar a Israel de la esclavitud en Egipto. (capítulos del 1 al 14)
Estoy segura de que muchos hemos escuchado o leído esta historia varias veces desde que eramos pequeños. Al leerla o escucharla, podemos impresionarnos del poder de Dios al enviar las plagas o de su creatividad al dividir el mar para que pasara el pueblo por ahí sano y salvo; también sé que podemos simplemente conocer la historia y recordar algunos de los detalles que están escritos o, aún peor, podemos leerlo vez tras vez solamente como historias o “cuentos asombrosos”.
Pero, Dios en la Biblia no sólo nos dejó historias bonitas con finales felices para que las leamos con una sonrisa y seamos los mismos de siempre. La palabra de Dios es más que solo eso, la palabra de Dios es increíble (porque bueno, Él es increíble) y puedes leer y leer y volver a leer sin que nada pase o puedes estar consiente de quién es la persona principal en cada una de las palabras escritas  y deleitarte con su grandeza y poder.
Cuando esta palabra, cuando estas historias se vuelven reales en tu vida, cuando Dios te habla a través de una historia que sucedió hace miles de años con un hombre que murió hace miles de años, y cuando realmente comprendes quién es el autor de todo eso, es cuando entiendes que el Dios que era en ese momento con Moisés, es el mismo Dios que es hoy contigo y que serámañana y por la eternidad.

En una de las escenas, la película muestra cuando Moisés encuentra la zarza ardiendo y Dios comienza a platicar con él. Hubo 3 cosas que llamaron mi atención y que Dios me llevó a reflexionar al ver esto:
1.- Su presencia es extraordinaria, sus tareas son un privilegio.
Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: ―¡Moisés, Moisés! ―Aquí me tienes —respondió.  ―No te acerques más —le dijo Dios—. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios.
Éxodo 3:4‭-‬6 (NVI)
Esta escena es muy bonita, aquí esta Dios, con su grandeza y poder, hablando con un Moisés que no tiene ni idea de qué estaba pasando, pero que se dispone a escuchar y al instante reconoce que no es digno de siquiera mirar a Dios.
Mientras veía esta escena (y repito, sólo era una caricatura) mi corazón se aceleró y comencé a sentir mucha emoción, mi corazón ardía como el de aquellos hombres que platicaron con Jesús camino a Emaús (Lucas 24:32).
Y claramente sentía como si Dios estuviera hablandome a mí también. Pensaba en cuantas veces el Señor me ha llamado a realizar tareas, cosas que tal vez son sencillas pero que se vuelven importantes al saber que lo está pidiendo El Señor, el Único Dios, a quién no soy digna ni siquiera de mirar. Aquel Santo y Glorioso Rey, el Creador del universo.
Pensar en eso, saber quién es el qué asigna las tareas o pide las cosas, vuelve todo llamado importante, vuelve toda tarea…un privilegio.

2.- Él envía, Él hace, Él tiene el control.
Así que disponte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo. Pero Moisés le dijo a Dios: ―¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?  ―Yo estaré contigo —le respondió Dios—. Y te voy a dar una señal de que soy yo quien te envía: Cuando hayas sacado de Egipto a mi pueblo, todos ustedes me rendirán culto en esta montaña.  Pero Moisés insistió: ―Supongamos que me presento ante los israelitas y les digo: “El Dios de sus antepasados me ha enviado a ustedes”. ¿Qué les respondo si me preguntan: “¿Y cómo se llama?”  ― Yo soy el que soy —respondió Dios a Moisés—. Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: “ Yo soy me ha enviado a ustedes”.  Además, Dios le dijo a Moisés: ―Diles esto a los israelitas: “El Señor , el Dios de sus antepasados, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me ha enviado a ustedes. Este es mi nombre eterno; este es mi nombre por todas las generaciones.”
Éxodo 3:10‭-‬15 (NVI)
Todavía está Moisés hablando con Dios, el Señor le está encargando la tarea de ir a Egipto y hablar con faraón. Moisés tiene temor, tiene dudas y las expone delante del Señor. Reconoce que no es nadie para ir delante del faraón pero la respuesta de Dios es, una y otra vez “Yo soy”,”Yo estoy contigo”,”Yo te envío”.
Que hermoso es esto, Dios no sólo le pide una tarea importante a alguien inmerecedor y débil, sino que le promete estar con él, acompañarlo en el camino y  llevar a cabo todo el milagro.  Moisés solamente tenía que obedecer, solo debía ir.
Y ahí estaba yo, de nuevo pensando en mi vida,  pensando en el llamado que el Señor ha puesto en mi corazón y en lo incompetente que soy para llevarlo a cabo. Soy totalmente como Moisés, no tengo ni la menor idea de cómo, estoy llena de temores y dudas, pero nada de eso me detiene porque Dios una y otra vez me está recordando “Yo soy”,”Yo estoy contigo”, “Yo te envío”.
No importa la tarea que el Señor pida, no importa la dimensión o el alcance que esta pueda tener, lo importante es que Él lo pide y que Él lo realiza. Nosotros solamente somos parte de sus milagros, nosotros tenemos el gran regalo de ser usados por Él.
Que gran privilegio ser parte de la obra del infinito. Que Dios tan increíble, aún estando sentado en su trono, aún siendo más grande que todo, aún siendo todopoderoso, nos ama tanto que nos hace parte de sus planes perfectos.
Dar la gloria a Él en cada logro, en cada paso, en cada palabra y en todo momento, es lo único que debería preocuparnos, lo demás, bueno, de lo demás Él se encarga.

 
3.- No busca personas perfectas, busca corazones dispuestos.
― Señor , yo nunca me he distinguido por mi facilidad de palabra —objetó Moisés—. Y esto no es algo que haya comenzado ayer ni anteayer, ni hoy que te diriges a este servidor tuyo. Francamente, me cuesta mucho trabajo hablar.  ―¿Y quién le puso la boca al hombre ? —le respondió el Señor —. ¿Acaso no soy yo, el Señor , quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita?
Éxodo 4:10‭-‬12 (NVI)
La platica de Dios con Moisés debió ser muy intensa y duradera. Imagino que pudieron hablar de muchas cosas pero Moisés insistía en su incapacidad de realizar la tarea que le estaba siendo encomendada.
Se puede ver a un Moisés humilde que reconoce sus debilidades, pero también a un Moisés que tiene mucho que aprender acerca de las personas que Dios busca para realizar su obra. Dios no esta preocupado porque Moisés sea perfecto, ni siquiera le preocupa que no sea bueno para hablar. De hecho se lo hace saber y le hace entender que así como Él es el creador, así como el tiene el poder de hacer hablar, ver y escuchar. Así puede solucionar su problema.
Y recordé cuantas veces ha pasado por mi mente el hecho de que no soy la persona más lista y preparada para realizar la tarea que me ha sido encomendada. De hecho hay muchas personas que podrían hacer el trabajo mil veces mejor que yo.
Pero cada vez me sorprende recordar que Dios no busca perfección en mí, no busca que tenga todas las respuestas o que cuente con todas las habilidades del mundo. Dios busca un corazón dispuesto a obedecer y una vida disponible para reflejar Su gloria.
Una mente dispuesta a aprender, un corazón humilde que reconozca su propia debilidad frente a la grandeza de Dios, unas manos disponibles para trabajar en su obra y unos pies dispuestos a obedecer y listos para ir. Es todo lo que se necesita para realizar la tarea, es todo lo que se necesita para dar la gloria a Él a pesar de las debilidades.

No pretendo ser spoiler, pero Dios liberó a su pueblo de Egipto (capítulo 12 de Éxodo), y Moisés fue el medio para que esto sucediera.
Sí, Moisés, ese hombre novato que no tenía idea de qué pasaba, ese hombre débil que ni siquiera sabía hablar bien; ese hombre que estaba lleno de dudas y temores pero que fue obediente y confió en el Dios que le envió.
Ese hombre fue usado para que Dios llevara a cabo su milagro y para que, como en todo momento, Dios fuera quien se llevara el crédito.
Porque Él es digno, porque Él es quien tiene el poder, y porque Él es quien merece la gloria.
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